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miércoles, 24 de agosto de 2011

El príncipe feliz, de Oscar Wilde

Un cuentecillo de mi infancia que muchos conocerán y del cual anoche me acordé.

En la parte más alta de la ciudad, sobre una columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse la reputación de conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió, temiendo que lo tomaran por un hombre poco práctico. Cosa que realmente no era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una madre a su hijito, que pedía la luna-. Él no hubiera nunca pensado en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado, contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños del hospicio al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿Cómo lo sabéis -replicaba el profesor de matemáticas- si no habéis visto nunca uno?
-¡Oh! Lo hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y el profesor de matemáticas fruncía el ceño, adoptando un aspecto severo, porque no podía aprobar que los niños se permitiesen soñar.
Una noche voló una golondrina sin descanso hacia la ciudad.
Seis semanas antes habían partido sus amigas hacia Egipto; pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos.
Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos.
Y el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con las alas y trazando estelas de plata.
Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el año.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia.
Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo.
Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante.
-No saber hablar -decía ella-. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y realmente, cuando la brisa soplaba, el Junco multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -le preguntó por último la Golondrina al Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina al Junco.
Y la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad habrá echo preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columna.
-Voy a cobijarme allí -gritó-. El sitio es bonito. Hay
mucho aire fresco.
Y se dejó caer precisamente a los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, tras mirar entorno suyo.
Y se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la pequeña Golondrina sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -preguntó.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió la estatua-, no sabía lo que eran las lágrima porque vivía en el palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor.
Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y realmente lo era, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
<<¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?>>, pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, mi pequeña Golondrina, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está en su sepulcro de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, mi pequeña Golondrina -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos maleducados, hijos del molinero, no paraban un momento de tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaron. Nosotras las golondrinas, volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; más, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la pequeña Golondrina se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-, pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, mi pequeña Golondrina -respondió el Príncipe.
Entonces la pequeña Golondrina arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y llevándolo en en el pico, voló sobre los tejados de las ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -le dijo- y qué poderosa es la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas pasionarias, ¡pero son tan perezosas estas costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los viejos judíos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre.
Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase quedado dormida de cansancio.
La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar mejor.
Y cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a toda prisa hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observó ella-, pero ahora casi siento calor, y sin embargo, hace mucho frío.
Y la pequeña Golondrina empezó a reflexionar hasta dormirse. Cuantas veces reflexionaba se dormía.
Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y escribió sobre el tema una larga carta a un periódico local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras incomprensibles!
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y solo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas partes a dónde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros:
-¡Notable extranjera!
Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, mi pequeña Golondrina -dijo el Príncipe-, ¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A medio día, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, mi pequeña Golondrina -dijo el Príncipe-, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado en una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizado y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego alguno en el aposento y el hambre lo ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, mi pequeña Golondrina! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró en él como una flecha y se encontró en la habitación.
El joven tenía la cabeza hundida entre sus manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado entre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Y parecía completamente feliz.
Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió junto al Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, mi pequeña Golondrina! -exclamó el Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. La palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas para sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro tan azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaréis ciego del todo.
-¡Golondrina, Golondrina, mi pequeña Golondrina! -dijo el Príncipe-. Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina voló hasta el ojo del Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo.
Se poso sobre el hombro de la vendedora de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña.
Y corrió a su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina voló de nuevo junto al Príncipe.
-Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, mi pequeña Golondrina -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y se durmió entre los pies del Príncipe.
Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que había visto en países extraños.
Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas.
-Mi pequeña Golondrina -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso es aún lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterios más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, mi pequeña Golondrina, y dime lo que veas.
Entonces la pequeña Golondrina voló por la gran ciudad y vio a los ricos que festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras.
Bajo los arcos de un puente estaban dos niñitos abrazados el unos al otro para calentarse.
-¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede dormir aquí! -les gritó un guardia.
Y se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-, despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas. Y rieron y jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas en plata por lo que brillaban.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo.
La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: lo amaba demasiado para hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar unas vez más sobre el hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese en la mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin hacia Egipto, Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a ir a la morada de la Muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad?
Y besando al Príncipe en los labios, cayó muerta a sus pies.
En el mismo instante se oyó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo.
El hecho es que la coraza de plomo se había partido en dos. Realmente hacía un frío terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad.
Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.
Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de sus espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado -dijo el alcalde-. En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los concejales.
-Y tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.
Y el secretario del ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatue del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de estética de la universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al concejo para decidir lo que debía hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otras estatua. La mía, por ejemplo.
-O la mía, dijo cada uno de los concejales.
Y acabaron discutiendo.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como deshecho.
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en el que yacía muerta la Golondrina.
-Tráeme las dos cosas más bellas de la ciudad -dijo Dios a unos de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del paraíso este pájaro cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.

Y he aquí la causa de que me viniese a la memoria:


domingo, 21 de agosto de 2011

Un típico día de verano... y sus consecuencias convertidas en una nueva entrada para el blog

"Un típico día de verano...
Nuestra protagonista se ha despertado esta mañana y, tras remolonear un rato en la cama, se ha decidido a levantarse.
No ha sido hasta después de comer que se ha sentado frente al ordenador. ¿Qué ha hecho durante la mañana? No gran cosa. Escuchar música y poco más.
Al acomodarse sobre la silla y clickar sobre el icono de Google Chrome en absoluto tenía la intención de pasarse la tarde allí aposentada... aunque eso sea lo que finalmente le ha sucedido.
Guardaba la esperanza de que surgiese algún plan interesante. Pero nada. Nadie le ha dicho de quedar ni ha tenido mucho éxito intentando forjar el suyo propio.
Así que ahí terminará su tarde. En esa silla frente al ordenador, con el aire del ventilador alcanzándola de vez en cuando para su consuelo.
Pero en fin... No es más que otro típico día de verano... Quizás mañana nuestra protagonista tenga más suerte."

Creo que podría incluso hacer una encuesta para ver de cuánta gente ha sido esta la suerte... ¿Quién no ha sufrido un aburrido y agobiantemente caluroso día de verano como el descrito o similar?
Uhm... Pues últimamente he estado viendo un par de animes recomendados por una amiga.
Uno de ellos es Detroit Metal City.
"La historia cuenta las peripecias de Soichi Negishi, un chico tímido y edulcorado que viaja a Tokio con la ilusión de convertirse en un afamado cantante de pop sueco. Y, efectivamente, logra triunfar en el mundo de la música... como cantante y guitarrista del grupo de death metal DMC (Detroit Metal City). Y es así como comienzan las aventuras y desventuras de este joven que cuando está sobre el escenario se hace llamar Krauser II, alimentando sin pretenderlo todo tipo de absurdas, aberrantes y desternillantes historias sobre su vida y orígenes, nada que ver con la realidad. Aunque insiste en lo mucho que el mundo que rodea a Krauser II lo repulsa, con frecuencia parece sufrir un problemilla de doble personalidad que lo coloca en las situaciones más comprometidas, convirtiendo esta serie en un anime de humor absurdo genial para echar unas risas y pasar el rato, aunque no apto para las mentes más sensibles (cosa con la cual me da que los que se pasean por aquí no tendrán gran problema, para qué mentir)."

La otra serie es Uraboku (Uragiri wa Boku no Namae wo Shitteiru), la cual suele ser clasificada como yaoi, aunque lejos de ser el típico yaoi empalagoso, telenovelesco o/y casi pornográfico, resulta una historia entretenida, con sus misterios, tragedias y batallas cargadas de magia. Aunque, secundando la opinión de la amiga que me la recomendó, tal vez le falte algo de movimiento.
"Yuki, el protagonista, es un chico que se ha criado en el orfanato frente a cuyas puertas lo abandonaron al nacer. Justo cuando, debido a su edad, debe abandonar el orfanato, comienza a manifestar misteriosos poderes y hacen acto de presencia demonios que desean segar su vida. Por suerte no son los únicos en presentarse antes él, pues Luka y los misteriosos miembros del clan Giou, conformado por personas con poderes misteriosos que trabajan en parejas para derrotar a los demonio, le ofrecen unirse a ellos a cambio de ayuda, protección, y un lugar al que llamar hogar. Pero, por supuesto, la cosa no termina allí... ¿Qué son esos sueños que lo acosan y porque aparece Luka en ellos? ¿Por qué tiene la impresión de conocerlos desde hace tiempo? ¿Y porque es el único con el que Luka se muestra atento y amable?
Todas estas preguntas y otras tantas que van surgiendo hayan su respuesta a lo largo de los 24 capítulos que dura el anime."

martes, 19 de julio de 2011

Miradla, el viento contra su rostro...

Camina a paso ligero pero sin prisa alguna. Se deleita con el viento fresco en su piel, quizás más bien frío, es posible que se resfríe en tirantes como va, pero no le importa, siempre le ha gustado el viento... De pequeña imaginaba que susurraba cosas incomprensibles que era su deber descifrar, otras que los árboles que se mecían a su son en verdad se inclinaban ante ella, saludándola en murmullos. Casi le entran ganas de devolverles el saludo con una reverencia como hacía en aquel entonces, cuando todo lo que supone ahora su presente le parecía tan lejano, enigmático y fantasioso...
Está a punto de cruzar el paso de cebra cuando se percata de que está en rojo, enrojece como un tomate, no porque no suela cruzar en rojo, más bien por la mirada que la conductora que pasa frente a ella le lanza. Esa es una de las cosas en las que no ha cambiado mucho, abstraída en sus pensamientos se distancia del resto del mundo, pero ahora sus pensamientos son tal vez más felices que los que pudiesen consumirla en aquel entonces.
Se siente feliz, temeraria exploradora de aquello que desconocía fuera de sus libros.
Los libros... una puerta más para escapar del mundo real, otra diferencia con su yo de ahora. Los libros siguen extasiándola, pero ya no huye de nada, la realidad cada vez le gusta más... Por supuesto que su vida no es perfecta, nunca lo ha sido y nunca lo será, como cualquier otra vida de cualquier otra persona, pero ahora le gusta más que antes...
Juega a descifrar qué aromas le trae el viento que le revuelve aún más su ya de por sí enredado cabello suelto. Por supuesto que jamás logrará averiguar todos los olores que este lleva consigo...
Siempre le han gustado los aromas, le gustan los perfumes y los brillos de labios con aromas, aunque rara vez los use, le gusta simplemente olerlos...
Miradla, sonrojándose de nuevo y sonriendo tontamente.
También le gusta cómo huelen algunas personas, ya sea por su perfume o el champú que usa... Hay gente que parece oler bien de forma natural, ¿por qué será?
Quizás un perro pudiese contestar a eso... si pudiese hablar.
Se sonroja más si cabe, pues no puede evitar pensar en una persona en concreto... También le gusta su aroma.
Siente el impulso de cerrar los ojos cuando el viento se alza nuevamente sobre ella.
También le gustan las mariposas... En esos momentos tiene la sensación de que en cualquier momento alguna se desprenderá mágicamente de su piel, casi puede sentir el cosquilleo que produce el suave aleteo en su intento por escapar...
Miradla, probablemente en cuanto llegue a su casa se ponga a escribir sobre los delirios en los que se haya su mente perdida mientras camina de cara al viento, sonriendo como una tonta, aunque una tonta feliz, y pensando, por una vez, en personas y sucesos reales que bien podrían ser fruto de su imaginación, pero que son tan ciertos como la sensación del viento en su rostro... como la sensación de mil mariposas surcando su ser, sus entrañas, como describiría uno de esos libros que tantas veces ha devorado.
                                                                       

miércoles, 22 de junio de 2011

Eventos para este verano...

Pues eso, gracias al blog del Festival Gótico de Zaragoza me he enterado de los eventos de interés que se pueden hallar este verano y en la ciudad y aquí estoy para compartirlo con vosotros.

I Muestra de cine fantástico y de terror de Zaragoza:
Del 23 al 26 de junio (de este jueves al domingo). Lo organizan, en colaboración con el ayuntamiento, el Festival de Cine de Zaragoza y Centro Cívico Teodoro Sánchez Punter del barrio de San José.
Para más información:

Noche en blanco zombie:
Este sábado 25 de junio en la Pza. Mayor y centro cívico (el mismo de antes) de San José. De 20:00 a 2:00.
Para más información:

domingo, 19 de junio de 2011

¿Fin de trayecto?

Miró nuevamente el reloj y resopló.
Se le estaba haciendo eterno el trayecto en bus. Le tocaba ir de pie, pues no quedaba ni un asiento libre, y encima, por mucha gente que bajase, siempre parecía subir el doble...
Miro a su alrededor, aunque difícilmente podría ver más allá de las cuatro personas que parecían haberla cercado como si de las paredes de un estrecho armario se tratasen. No, más bien como un ataúd; se iba a morir de calor ahí dentro. Qué agobio.
Quizás si fuese algo más alta podría ver por encima de los señores esos... A lo mejor se le hacía más llevadero el viaje si el "paisaje", por llamarlo de alguna manera, fuese más variado... Qué tontería; a ver si llegaba pronto a su destino.
¡Agh! Pisotón. Empujón. Ahora al ataúd solo le quedaban dos paredes, y a duras penas era capaz de respirar. Ya no porque la estuviesen aplastando esos dos cuerpos, sino porque la aplastaban sus olores. Casi podría decir cómo habían transcurrido los último minutos de la vida de esas personas por el olor que desprendían.
La pared de cachemira rosa pertenecía a una mujer que, por el fuerte olor a laca y la forma en que intentaba evitar el contacto de su pelo con otras personas, acababa de salir de la peluquería. Y el aroma del otro cuerpo podría ser el de un deportista que volvía de entrenar, de no ser porque su cuerpo era de todo menos atlético. O se había dado cuenta de lo insano de su masa corporal y comenzado a hacer ejercicio, o no se había duchado en su vida.
-¡Qué borde!
Casi pierde pie y muere aplastada por el aspirante a persona sana (o el hidrofóbico, quién sabe), al escuchar aquello.
Una sonriente niña la miraba. ¿De veras le había hablado a ella? Pero si no había dicho nada en voz alta... Al menos de forma consciente.
Giró la cabeza a un lado y a otro.
¿Dónde estarían los padres de la niña? Al menos el ataúd ya no era tal, había bajado una cantidad sorprendente de gente.
Suspiró. Eso significaba, entre otras cosas (a parte de poder respirar de nuevo) que los padres de la niña (o quien demonios fuese que la hubiese perdido de vista) no tardarían en divisarla y quitársela de encima. Porque la cría parecía más que dispuesta a averiguar si eso de atravesar a una persona con la mirada se podía hacer de forma literal.
-Se te ve agobiada -dijo la sonriente niña.
Vaya, seguro que acababa de aprender aquella palabra y se sentía muy orgullosa de usarla. Pues qué bien, le tocaba mostrarse amable.
-Es porque tengo prisa -compuso su mejor sonrisa dedicada a desalentar a los niños pesados que parecían disfrutar irritando a cuantos se cruzaban en su camino a la mínima que sus padres no miraban.
-¿Y por qué tienes prisa? ¿Tienes una cita? ¿Llegas tarde al trabajo? ¿Estás haciendo un recado para alguien?
Genial, era del tipo preguntona.
-No, no me espera nadie preciosa, simplemente tengo ganas de llegar a mi destino.
-¿Sabes? Si no tienes nada importante que hacer, no deberías tener tanta prisa. Podrías parar antes e ir andando -su sonrisa se amplió-. Andar es sano y divertido, puedes ver cosas y nunca sabes con qué te puedes encontrar.
-Exacto -respondió, intentando zanjar la conversación-, nunca sabes lo que puede sucederte. Es mucho más seguro ir directamente.
-Oh, ¿te da miedo? Pero así te puedes perder muchas cosas buenas. Si dejas que te venza el miedo y escoges lo más seguro nunca te podrá pasar nada malo ni tampoco bueno, de la otra forma te pueden pasar cosas buenas y puedes resolver las malas.
Guay, una aspirante a filósofa, seguro que era la rarita de su clase.
-Oye, bonita, ¿y tus padres dónde están?
La niña pareció aguantarse la risa. Genial, si se había escapado o algo por el estilo que nadie contase con que se pusiese a buscar a sus padres, ya tenía bastante con aguantarla hasta bajarse del bus.
-¿Y tú? ¿De verdad no vas ha bajarte hasta llegar al final? Si más o menos ya sabes lo que te espera, ¿qué pierdes con ver lo que hay por el camino?
-Un bonito consejo, el mío es que no hables con desconocidos y te vuelvas con tus padres.
-¿Sabes? También te iría mejor si fueses más agradable, y no solo lo fingieses cuando te interesa.
-¿De mayor aspiras a Pepito Grillo o algo así? ¿Te crees mi conciencia? -apenas podía creerse que le hubiese soltado algo así a una cría, normalmente sabía controlarse.
-A lo mejor te saca de quicio que te diga la verdad a la cara, y eres más consciente de ella de lo que quieres admitir.
Miró fijamente a la niña. Vale, ahora estaba segura de no haber dicho nada en voz alta.
El corazón le dio un vuelco. Un momento, ¿cuándo se habían quedado solas en el bus? Si no había parado desde que la niña había aparecido, ¿no?
-Venga, anímate -dijo-, nunca es tarde para cambiar de opinión -le guiñó un ojo mientras se estiraba para alanzar el botón rojo que indicaba al conductor que parase.
Boquiabierta, su mente comenzó a funcionar a toda velocidad. Quizás bajar no fuese tan mala idea... ¿Quién era esa niña?... ¿De veras estaba dispuesta a cambiar?¿En qué sentido?...
Las puertas se abrieron.
¿Realmente quería bajar?... ¿Realmente tenía tanta prisa por ver la última parada?¿Realmente quería llegar sin haber visto ninguna otra cosa?¿Y si se arrepentía de no haber disfrutado el trayecto?
Apenas lo pensó, cruzó las puertas y salió, dejando tras de sí el sonido de una risa... No, llevándose el sonido con ella.

Bueno, espero que haya gustado, lo cierto es que es una historia algo improvisada. Hacía mucho que no escribía algo de cosecha propia por aquí.

jueves, 2 de junio de 2011

Esta tarde... actuación del grupo de teatro Kabuki

                                                          
Sí, sé que esto debería haberlo puesto con más antelación... otra vez.
Bueno, un año más el grupo de teatro Kabuki tenemos el placer de anunciar nuestra actuación en el centro cívico del barrio Oliver, en Zaragoza, más conocido como "El Tunel". La obra de este año se llama Fóreston, y la actuación (que no es el estreno puesto que este ya fue) es esta misma tarde a las 19:30. Las entradas se pueden comprar en el mismo Tunel y cuestan 2 euros.

"El colegio Fóreston, uno de los mejores del país. Los alumnos aprenderán una gran educación para encajar en los esquemas del mundo cultural, social, intelectual, económico y religioso. Todo parece perfecto, pero la vida de los alumnos no lo es."

miércoles, 4 de mayo de 2011

"I lost my star in Krasnodar"

Ya sé, ya sé. Después de tanto tiempo sin dar señales de vida se espera que ahora ponga una parrafada con excusas, los últimos libros que he leído, cualquier cosa que se me pase por la cabeza y me apetezca escribir aquí aunque nada me asegure que os interese o tan siquiera os molestéis en leer...
Bueno, no es una parrafada porque en estos momentos no me apetece (ya os subiré cosas más adelante, que no será porque ande falta de novedades literarios y breves historias de mi creación para compartir), pero si se me ha antojado subir la canción que últimamente me ronda la cabeza: I lost my star in Krasnodar de Lacrimosa.
No sabría muy bien decir el por qué me ha dado por esta canción, pero, picada por la curiosidad, incluso me he molestado en buscar cosas acerca de Krasnodar. Poco he hallado a parte de que se trata de una ciudad al sur de Rusia y que su nombre actual se le adjudicó tras la revolución rusa (si es que la información que he encontrado es correcta). Así que os dejo con el enlace de Youtube con la canción traducida:


Imágenes de Krasnodar que he encontrado por ahí: