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lunes, 26 de noviembre de 2018

Y a veces se escriben cosas...

Los dedos se mueven sobre el teclado raudos, más en absoluto seguros.
Escribe y borra, escribe y borra...
En algún rincón de la noche las sombras se desperezan y mariposas nocturnas revolotean fuera. Vuelan confusas, se alzan, caen y chocan. Su colores se dibujan y sus tamaños se definen lentamente, pero vagan sin tumbo fijo.
Estos pensamientos, aquellos sueños, y esas ideas de más allá van dejando paso a una figura de mayor tamaño, algo humanoide si eres lo bastante miope. Abre la boca y algunas mariposas se apresuran en su interior, hacia la negrura que tal vez sea como la más fuerte luz para ellas, ansiosas por ser devoradas por esta cosa que toma forma engulléndolas con deleite. Sus huesos se definen, la carne los llena, pálida como las más blanca hoja sobre la que uno pueda escribir, con mechones de tinta negra, de esa que en verdad refleja púrpura oscura, cayendo desde su cabeza, rodeando su figura al son de un viento que aspira a ser cierzo sin lograrlo.
La criatura cierra la boca y una leve y extraña sonrisa se dibuja en ella. Feliz, dulce, cruel, amable, cínica, triste y misteriosa. Los ojos se abren a la noche con todos los colores de la misma danzando en ellos. Y son tantos que cualquiera que se adentre en sus iris se preguntará por qué alguna pensó en la noche como algo menos colorido que el día.
Estira todos sus miembros, sus dos brazos, sus dos piernas y... Oh, esa especie de harapos que no podrían pasar por alas. Frunce el ceño en disgusto y chasquea la lengua. Bueno, seguramente pueda recuperarlas poco a poco. Al fin y al cabo había vuelto. Oh, sí, y quería tanto quedarse. Se sabía bien recibida, incluso ansiada, mientras comenzaba a caminar por esas calles que le eran tan conocidas, incluso después del tiempo pasado en letargo involuntario.
Observó a los lepidópteros que aún quedaban revoloteando en torno a ella. Observó sus colores, tan imposibles de determinar como su primera sonrisa, moviéndose sin más rumbo que ella misma. Pobrecitas, tan perdidas y aún así tenían tan claro su destino... Y lo querían, y ella quería dárselo, pero estaba bastante llena para esa primera noche después de tanto tiempo inactiva, así que tendrían que conformarse con esperar.
Llegó a aquel puente que se las daba de viejo siendo tan nuevo. Cruzó, deteniéndose de vez en cuando para asomarse por el borde y saludar a sus viejos amigos.
Allí estaban los trolls de río, peleando como siempre, haciendo que agua se agitase con sus golpes sobre ellos, mientras los débiles retoños de Cierzo correteaban entre ellos aparentemente fascinados con el espectáculo. El viejo viento observaba más tranquilo de lo que nadie podría ser capaz de imaginarlo en aquella ciudad, medio fuera de su escondite predilecto de la poza de San Lázaro.
Más adelante, las pastoras de patos reunían su séquito de ánades en una especie de isleta que no quedaba claro si tenía tierra visible o eran todo aves. Se asombró ligeramente al apreciar que el número había aumentado de forma ostensible desde la última vez que las viese.
También le sorprendió la nube blanca que cruzó el cielo oscuro siguiendo en curso del río y deteniéndose, en lo que alguien podría haber sospechado era un alarde presumido, para rodear una a una las torres de la basílica catedral antes de continuar. Gaviotas, si sus ojos no erraban. Hacía tiempo que no veía tantas por allí.
Prosiguió su paseo adentrándose en ese lado más antiguo de la ciudad, sintiendo un tirón conocido que venía casi del mismo lugar que recordaba, pero no exactamente la misma morada.
De pronto se sintió desdibujada, algunas mariposas escaparon de su piel, y tuvo el impulso de patalear frustrada.
Vaya, vaya, alguien no encontraba las palabras para expresarse, y le tocaba a ella pagar el pato, como siempre.
Humanos. Mortales. Tan confusos y tontos.
Y tomó la decisión de caminar por la ribera en busca de unos dragones de los que una vez oyó hablar a alguien.
Un recuerdo que le causaba una sonrisa boba y un suspiro anhelante.
Ah, así que eso era...
Pero qué boba.
Caminó tatareando y oyendo melodías privadas, con mariposas nocturnas hechas de todo y nada volando a su alrededor, sintiendo el beso del viento sobre su piel desnuda, engañosamente vestida de sombras danzantes que de hecho iban por libre, atraídas a ella como las polillas, y saludando aquí y allá al resto de habitantes de lo abstracto, lo intangible, lo material y lo primigenio.
Cómo le gustaba ser liberada.


miércoles, 12 de marzo de 2014

Del despertar y el regreso

Su madre entró en su habitación para devolverle el pequeño espejo de mano que le había prestado para poder mirar bien el contador, metido en una especie de pequeño armarito en la cocina. 
Era posiblemente la primera vez que ese pequeño espejo era usado para algo más que para decorar una de las estanterías de su cuarto. Se lo había traído una amiga como recuerdo de unas vacaciones de verano en la playa, y era el típico espejo de mercadillo medieval o de esos puestos que ponen en los mercadillos de los pueblos turísticos. Muy bonito, todo sea dicho, de cabeza redonda y mango terminado en punta, metal color bronce decorado con grabados de flores y piedras de cristal de colores, lo exponía en su cajita original, la cual dejaba abierta, exponiendo tanto el espejo como el peine a juego, demasiado pequeño como para ser realmente útil, pero, lo dicho, ambos eran bonitos adornos.
En cualquier caso, cuando su madre se lo devolvió, con la cara de cristal mirando hacia abajo, no sabría explicar por qué, sintió la repentina necesidad de usarlo para su verdadero fin. Nunca había sido especialmente aficionada a mirarse en espejos, de hecho, tampoco sabría explicar el por qué, sentía la necesidad de rehuir cualquier superficie que la pudiese reflejar... Menos aquel día, en aquel momento, mientras su madre se marchaba cerrando la puerta, se miró en el pequeño espejos de mano... Y se quedó sin aliento.
¿Quién era? ¿Era ella? ¿Ella tenía ese aspecto? No podía ser... Era tan bonita... Era imposible que la persona del reflejo fuese ella, de hecho, le costaba creer que aquella imagen perteneciese a una humana. Pero lo sabía, era ella, y sonrió maravillada.
Nunca había sido egocéntrica ni especialmente presumida, ¿pero cómo resistirse a semejante visión?
¿Sus ojos siempre habían sido tan azules? Brillantes, como si se reflejase el cielo en el cristal en vez de ellos. 
¿Su piel siempre había sido tan nívea y tersa? Parecía terciopelo, o quizás seda. Se tocó la mejilla, sin apartar la mirada en ningún momento, asombrada, realmente no solo lo parecía, tenía un tacto maravilloso. Y su pálido no era enfermizo, era brillante como la luna llena sobre el cielo nocturno, destacando unas mejillas sonrosadas.
¿Y sus labios siempre habían sido tan delicados? Su boca era como de piñón, sin labios especialmente carnosos, pero dibujando una curva que les otorgaba un aire entre sensual e inocente, de algún color entre el rosa y el rojo, que cualquier maquillador desearía poseer en barra de labios.
Movió sus dedos por su cara, hasta que su mano agarró un mechón de pelo.
¿Siempre había sido tan rubio? Era tan sedoso como su piel, brillante y del color de las espigas de trigo dorándose bajo el sol.
A duras penas logró apartar la mirada de la maravillosa visión que le mostraba el espejo. ¿Eh? ¿Cuándo había salido de su cuarto he ido al salón de casa? ¿Y por qué sus padres la miraban de forma tan extraña? Ahora que lo pensaba, en realidad siempre había tenido la sensación de que la gente la miraba mucho, ¿acaso siempre había sido así de hermosa? ¿Por eso llamaba la atención? ¿Cómo es que no se había dado cuenta antes?
Observó a sus padres, que de pronto le parecían completos desconocidos. Eran tan ordinarios... No se parecía en nada a ellos, ¿cómo podía haber salido tan inhumanamente bella de unos padres tan corrientes?
Siempre había querido a sus padres, pero de pronto le desagradó su presencia. Le encantaba cómo la miraban, con adulación, pero es que de pronto le resultaban tan... feos y vulgares.
Por un momento, se preguntó si no sería adoptada o algo.
Se miró de nuevo en el espejo, sonriendo y suspirando de satisfacción. 
¿Eh? ¿Otra vez? ¿Y ahora cómo había llegado hasta el río? Es más, estaba metida en él hasta un poco por encima de los tobillos. 
Se inclinó y frunció el ceño, frustrada. Las aguas no eran del todo claras y su reflejo se veía oscuro. Se miró de nuevo al espejo. 
Ah... Al menos aún tenía eso para observar su belleza. Pero no era suficiente.
Volvió a suspirar, frustrada, se sentó sobre una gran piedra en la orilla y se puso a peinar sus cabellos pensativa. Vaya, además de un espejo no le vendría mal un peine, no debía descuidar su pelo, semejante beldad merecía los mayores mimos.. Un peine, quería un peine dorado como sus cabellos, nada más le haría justicia. Si tan solo pudiese tener un peine de oro sería feliz. Y otro espejo, o una superficie más grande que el pequeño espejo de mano, para poder admirar su belleza al completo, al fin y al cabo, si su rostro era así, ¿no merecería también su cuerpo admiración?
En estas cavilaciones estaba cuando un sonido la interrumpió, haciendo que se girara. Y lo que vio le gustó, le gustó mucho. Así que sonrió al muchacho que la miraba embobado, como si estuviese observando la maravilla más grande que jamás hubiese observado.
Oh, sí, aquello era mejor que un espejo... Le gustaba mucho, muchísimo, cómo se veía a ojos de aquel muchacho... ¿Quizás de él consiguiese su peine? Pero quería más, quería que más hombres la mirasen así...
La joven se rió, feliz, y se maravilló también del sonido de su risa, ¿siempre había sonado tan musical?

Y se dice, y se cuenta, que en los ríos, lagos y fuentes, es donde habitan las xanas, janas, moras y donas d'aigua, que a veces cambian por niños humanos a sus hijos, los cuales, como cualquier criatura feérica, regresan tarde o temprano a sus raíces, sintiendo la llamada de su verdadero ser...



Y esta fotico la hice en una excursión con mi familia a Aguallueve.

lunes, 10 de marzo de 2014

A veces...

A veces siente que se le escapan. Han sido burbujas y mariposas, han sido sueño, palabras y recuerdos.
A veces ha intentado llevar un diario para retenerlas, pero al final siempre logran que se descuide, es bastante despistada.
A veces las olvida, quizás para siempre, pero a veces las recuerda, de pronto, sin previo aviso, y se siente como si encontrase algún objeto valioso que había perdido, o como si viese de nuevo a un viejo amigo.
A veces prefiere guardarlas para sí, y otras necesita urgentemente compartirlas.
A veces sabe de súbito como plasmarlas exactamente (generalmente cuando está en la cama, intentando conciliar el sueño, o en clase, tratando de no perderse las explicaciones), y otras se desespera por no encontrar cómo expresarlas.
A veces las escribe, y entonces cuentas verdades, como también cuenta mentiras...


La joven oscilaba entre el sueño y la vigilia, como le solía pasar siempre en los viajes largos (y a veces cortos). Le dolía el cuello por la mala postura, un coche nunca ha sido el mejor sitio para dormir, al menos a su parecer, y constantemente cambiaba de posición. 
Apoyó la cabeza en el hombro de unos acompañantes y, al rato, notó una leve caricia en la mejilla. Aquello le sorprendió, no sabía muy bien qué hacer, no le desagradaba... Su corazón se aceleró contra su voluntad e intentó evitar que su respiración la delatase, quería parecer dormida, no quería que la otra persona supiese que en realidad no lo estaba del todo y que se había percatado de su osadía.


La niña se paró con sus dos fieles amigas caninas al llegar al cruce que había tras la cuesta. Ambos caminos discurrían junto a la acequia, el uno volvía hacia atrás, pasando por debajo del lugar del que ella venía, y el otro seguía hacia delante. Ella sabía bien cuál coger, pero antes miro en todas las direcciones, asegurándose que nadie la seguía, no fuese a ser que de pronto a alguno de los adultos del lugar les diese la vena responsable y decidiesen impedir que una niña de su edad caminase tan peligrosamente cerca de aquella acequia que ya se había cobrado la vida de algunos de los animales del amigo de su padre, pues era lo suficiente mente ancha como para caer en ella, pero no lo suficiente para salir con facilidad, añadiendo además el hecho de que era profunda y discurría con cierta velocidad.
Puso tumbo por el camino que volvía hacia atrás por la parte de abajo. Era algo más estrecho que el otro, a un lado, la pared de tierra, y al otro, altos juncos y cañas que apenas permitirían adivinar el agua corriendo al otro lado si no fuese por el ligero sonido que ella conocía tan bien.
Cuando se hubo alejado lo suficiente, volvió a mirar a su alrededor. Entonces llamó en susurros:
 -Ey, ¿hola? Soy yo, hoy también he venido -de pronto recordó algo y alzó la mano en la que sujetaba una bolsa con rosquillas fritas-. Hoy también he traído algo para compartir con vosotros.
Esperó un momento, con una mezcla de inquietud, emoción e inseguridad, ¿vendrían hoy también? Ellos siempre acudían junto a ella, nunca la habían fallado, pero nunca se sabía, no es como si ella fuese la reina de la fortuna con las amistades.
Oyó un sonido entre los juncos y sonrió al girarse y ver al hado, seguido de algunos pequeños duendes de aspecto achaparrado y narices y pies prominentes, junto a algunas criaturas que no sabía muy bien qué eran, pero que parecían versiones humanoides de animales y plantas, aunque ninguno era mucho más alto que ella.
 -¿Has tomado una decisión? -le preguntó el hado sin responder nada más a su saludo.
A ella la sonrisa se le borró de inmediato y se le hizo un nudo en el estómago. Le gustaría poder decir que casi había olvidado su conversación de la última vez, pero no era así, al contrario, había sido incapaz de dejar de darle vueltas, pero tenía la esperanza de que él sí la hubiese olvidado.
Al hado no pareció hacerle mucha gracia su gesto nervioso de morderse el labio.
 -¿Y bien? ¿No quieres venir con nosotros? ¿Acaso no somos los únicos que de verdad te han ayudado? ¿No nos quieres? ¿No me quieres?
 -No es eso... -se apresuró a decir, sin saber muy bien qué responder. 
La noche anterior había estado preparando una mochila con las cosas de las que no quería separarse, pero por la mañana, cuando su padre la había llamado para subir al coche, la había dejado finalmente sobre la cama, no olvidada, precisamente. Durante el viaje, se había arrepentido de hacerlo, y al llegar había intentado no pensar demasiado en ello. Pero tenía que tomar una decisión, y no sabía cuál.
Su madre trabajaba constantemente y apenas la veía, además, casi siempre se ponía de parte de su padre cuando ella o su hermano le decían algo sobre lo pésimo padre que era (cosas como dejar vagar por el campo a su hija sin preocuparse hasta la hora de volver a casa, estar en el bar con sus amigos mientras ella y su hermano jugaban a cruzar corriendo la carretera, olvidar ir a recogerlos al colegio o volver a casa para darles de comer antes de que tuviesen que regresar a clase... Eran algunas de las cosas de una larga lista). Sospechaba que su madre la quería, pero sentía que no era suficiente para anclarla y, sin embargo, seguía sin poder decidirse. En el colegio no tenía amigos, de hecho, solía ser el blanco de su malicia, lo cual había hecho que su carácter se agriase, volviéndose arisca e introvertida, lo que no le ayudaba a hacer nuevos amigos, precisamente. Su hermano, aunque más pequeño que ella, era extrovertido y sí tenía bastantes amigos, a veces peleaba con él, pero jugaban juntos y se solían proteger mutuamente, ¿y si, cuando ella se fuese, todo por lo que ella huía se volvía contra él? No sabía qué decidir, no podía decidir. 
Vio como sus amigos fantásticos comenzaban a alejarse de ella, Quería correr, decirles que quería irse con ellos, ¿por qué no podía? No quería quedarse otra vez sola, quería estar con ellos, que ellos estuviesen con ella. ¿Por qué era tan tonta? ¿Cuántas oportunidades tendría como esa? Ninguna, y sin embargo...
Se quedó sola, mirando el lugar por el que se habían ido. Una parte de ella quería creer que la próxima vez podría volver allí como siempre y encontrarlos, pero sabía la verdad, ya no volverían, ni a por ella ni a estar con ella.
Quería llorar de impotencia, se mordió el labio con más fuerza y se clavó las uñas en los brazos, dejándose fuertes marcas. Tenía los ojos humedecidos, pero se negaba a llorar, no quería llorar, no le gustaba. Notaba el calor en sus mejillas, sabía que tendría la cara completamente roja, y le ardían el estómago y la garganta.
Logró apartar la mirada, dispuesta a calmarse mientras regresaba al merendero... Y entonces los vio, el alivió la golpeó con tal fuerza que perdió el control y las lágrimas comenzaron a escapar. 
No todos se habían ido, sus mejores amigos, aquellos que no solo veía cuando iba a ese lugar, si no que la seguían hasta la escuela y a veces por las calles de la ciudad, que casi medio vivían en su casa, se habían quedado.
Una perrita de su estatura, parecida al perro de Tintin, que caminaba a dos patas y lucía un lazo rosa, la abrazó consoladora. Tras ella la observaban las dos felinas mellizas, de cuerpo humano y rostro gatuno, una de pelaje blanco y otra negro; la chica que podría haber pasado por humana de no ser azul (piel clara azulada, pelo liso, de media melena, azul eléctrico, igual color de sus ojos, que el de sus botas de plataforma, su minifalda con cinturón de pinchos y su top con una calavera); la mujer de figura elegante, vestida con una túnica y el rostro cubierto por un velo blanco; y la mujer alta, extremadamente delgada, de piel grisácea y ojos azules inhumanamente grandes en un rostro afilado, vestida con una especie de taparrabos largo y una cinta que cubría sus casi inexistentes pechos (en realidad nunca había estado segura de si era hombre o mujer, su voz tampoco lo delataba), de pelo blanco, lacio y larguísimo, con su habitual arco largo y su carcaj de flechas con punta de cristal (o al menos parecía cristal) a la espalda, mientras que en una mano sostenía una larga lanza que parecía una versión más grande de sus flechas, sobre la cual parecía apoyar el peso mientras la observaba fijamente.
Todos ellos sonrieron, unos más que otros, pero le transmitieron seguridad, la certeza de que estarían allí, con ella, mientras se lo permitiese. Y, si ellos se quedaban, entonces la sirena de debajo de su escritorio, sus peluches guardianes y el bicho extraño de ojos brillantes que la observaba desde su silla cuando las luces estaban apagadas también seguirían es casa cuando volviese (sospechaba que el bicho de la silla no se acercaba más a ella gracias a sus peluches guardianes, posiblemente era el único que no le hubiese molestado que se largase).


La joven se despertó sobresaltada, como le pasaba desde hacía ya unos meses, unas paradas antes de la que tenía que bajarse del bus. A veces bromeaba consigo misma diciéndose que había desarrollado una especia de habilidad especial para dormirse irremediablemente en el bus y despertarse por los pelos, y sin explicación aparente, justo unas paradas antes de la que le tocaba. Pero lo cierto es que le daba bastante vergüenza, siempre cruzaba los dedos para no haber roncado ni dado patadas, como a veces le ocurría en su casa, y siempre comprobaba que sus labios estaban medio pegados, con los cual no podía haber hablado en sueños.
Miró a su alrededor, buscando alguna señal de que hubiese llamado la atención y hecho el ridículo, cuando se percató de que la señora sentada a su lado, de pelo corto y canoso, dormía con la boca abierta. No pudo evitar la sonrisa que afloró en su rostro, no de burla, sino de cierta simpatía y alivio al ver que no era la única. 
Tres leves toques en el hombro y tres "Disculpe, señora..." tardó en despertarla para poder salir de su asiento y acceder al pasillo del autobús para bajar.


A veces, cuando no lograba conciliar el sueño, mandaba a una de sus mariposas a observarlo. En realidad eso no ayudaba, porque hacía que quisiese aún más acurrucarse a su lado en la cama, pero bueno, con frecuencia sus mariposas eran lo más cerca de él que podía estar.
Esa noche había decidido colarse por su ventana en persona. Bueno, todo lo persona que se podía considerar a alguien como ella. Ni siquiera recordaba ya cuándo fue la primera vez que uno de esos insectos de bellas alas se había desprendido de su cuerpo, ni cuándo fue que descubrió que toda ella podía evaporarse en miles de mariposas para recomponerse como si nada. También podía ver y sentir lo que ellas veían y sentían cuando las enviaba individualmente. Le encantaba la sensación de volar, de verlo todo sin ser vista, la libertad en el aire, la impresión fascinante de que todo se había tornado en un mundo de gigantes...
Abrió la ventana y levantó la persiana con cuidado, lo último que quería era despertar a sus padres. Cerró los ojos, inspiró hondo y al momento sintió ese cosquilleo de miles de alas en su piel, notó, sin dolor, como toda ella se desprendía, como se liberaba, era una y mil a la vez. Volaron como una nube dispersa bajo el cielo nocturno hasta llegar a la casa de su amado. Y se detuvo, dubitativa, al llegar a su portal, donde, sabiendo bien que nadie lo vería, volvió a recomponerse en su forma humana.
Lo normal, si quería verlo, no era que se detuviese frente a su portal, sino que se colase por alguna rendija de las ventanas o la terraza... Pero lo cierto es que se sentía algo culpable por hacer aquello. No era solo que el allanamiento de morada fuese ilegal, probablemente a él poco le importaría mientras fuese ella. Pero estaba el hecho de que hacía aquello completamente a sus espaldas, él probablemente ni sospechaba lo que ella podía hacer... Se mordió el labio, con ese gesto nervioso tan habitual en ella.
Algún día tendría que confesárselo, ¿no? Es decir, vale que todo el mundo tenía derecho a guardar secretos, pero ese era uno bastante gordo como para ocultárselo a la persona con la que se suponía que aspiraba a pasar el resto de su vida.
Bien, bueno, era una cobarde, como siempre. Esa noche no le diría nada, no lo había planeado, pero tampoco entraría a su casa cual duende descarado. Volvería a su propia casa, sí, eso haría, y pensaría a fondo sobre su secreto y su futuro con él, tomaría decisiones sobre cuándo y cómo desvelárselo.
Y un montón de mariposas recorrieron las calles de la ciudad, apenas algún mendigo, o algún borracho que al día siguiente lo habría olvidado o descartaría por imposible, de cómo aquellos insectos de alas demasiado fantásticas y espectrales para ser tomadas por normales volaban como si el cierzo que arreciaba no fuese nada.


viernes, 20 de diciembre de 2013

Las flores que oculta el bosque

(Como no tengo fotos de bosques, os dejo una que hice de un "camino" mientras volvía con unas amigas de una excursión a Ainsa)

Ah... Tan bien... Saca sus manos de las cristalinas y frescas aguas del arroyo y se las pasa por el rostro y el cuello. Suspira satisfecha y contempla el reflejo del agua. Oh, la luna es tan hermosa esa noche... pero ella lo es aún más. Y lo sabe. Sonríe satisfecha al verse emulada en el agua. Un rostro perfectamente angelical, de tez nívea y cabellos claros, largos y lisos, ojos que se debaten entre el gris de la plata y el azul que el cielo estival lucía durante el día. Todo su ser emana un aire de pureza y fragilidad, la clase de aspecto de alguien que no puede ser otra cosa que bondadoso y afable a ojos de los demás.
La otra ríe desde su asiento en una roca. Se gira hacia su hermana y la ve sonreír, pero no con la dulce sonrisa de su reflejo en el agua, sino con una que más se asemeja a una mueca sarcástica, quizás cruel, sin duda alguna amenazante. Pero no para ella, oh, jamás le haría daño a ella y lo sabe, como sabe cuán bella es. Su hermana tampoco es fea, y está lejos de ser común. Es una belleza, pero no una belleza angelical como la suya.
Y entonces lo percibe, el bosque guarda silencio. Su hermana se pasa las manos pálidas, pues la nívea tez es quizás el único rasgo físico que comparten, por su melena azabache y ondulada. Entorna los ojos violetas enmarcados por espesas, largas y oscuras pestañas mientras aspira el aire con deleite. Se estira con movimiento felino y abandona la roca musgosa, apartando finalmente los ojos de su hermana de dulce aspecto, quien, sin embargo, es incapaz de apartar sus ojos de la sonrisa que no se ha borrado del rostro de su hermana, hasta que esta misma desaparece entre el espesor del bosque. La sigue al momento.
Ambas se desplazan sin prisa, con una elegancia y fluidez más propias de espíritus que de seres corpóreos como ellas. La morena se detiene, su hermana, que le seguía pocos pasos por detrás, hace lo mismo.
Dos jóvenes vagan por el bosque, se han salido del sendero en busca de unas flores que de ninguna otras forma podrían conseguir.
-Esto es ridículo, no las vamos a poder encontrar con tan poca luz.
Su compañero le chista mandándole callar.
-¿No fuiste tú el que dijo que quería impresionar a Leda llevándole las Flores que Oculta el Bosque? Dicen que solo aparecen a la luz de la luna, lejos de los senderos, así que deja de quejarte, que lo estamos haciendo por ti.
-Pero esto no me gusta, no me gusta nada. ¡Ni siquiera sabemos qué aspecto tienen esas flores! ¿Y si son solo un cuento de viejas?
-No grit... -dejó la frase en el aire al ver al pecado en persona. O lo que probablemente sería, a su parecer, la lujuria si se encarnase. Ella se humedeció sus rojos y tentadores labios y le mostró una sonrisa entreabierta, invitadora. Apenas iba vestida con un vestido negro, tan liviano que dejaba entrever hasta el tamaño de la aureola de los pezones, largo hasta el suelo pero rasgado, mostrando unas piernas largas, blancas y suaves, casi tan tentadoras como la carne que mostraba el pronunciado escote. Durante ese instante los dos olvidaron por completo quiénes eran y qué estaban haciendo allí, hasta que un gritito ahogado llamó la atención.
La mujer fatal sujetaba a otra por los pelos, los miró, una lágrima calló desde sus ojos, límpidos e inocentes, su vestido, que antes probablemente había sido pudoroso y de un blanco virginal, ahora estaba sucia y rasgada. Sintieron que algo se rompía en su interior, volvieron sus ojos a la belleza pecaminosa, pero ya no con fascinación, si no ira y asco, algo se habría en su interior, un deseo primitivo de proteger a la que obviamente era una doncella en apuros, capturada por algún tipo de hechicera o demonio. No, no se dejarían engañar por ella. Se abalanzaron, la derribaron, y no les costó nada reducirla. A decir verdad, apenas opuso resistencia, pero eso no les preocupó, sonreían satisfechos viéndola tirada en el suelo, inmóvil. Se sentían auténticos héroes mientras tendían sus manos a la dama que acababan de rescatar de tal peligro.
-Gracias, oh, gracias... -balbuceaba entre sollozos ella- Lo siento, lo siento tanto...
-No te preocupes, estás a salvo - la consoló el joven que tenía por amada a la tal Leda. Arropó entre sus brazos a la aterrada joven durante un rato, un buen rato, demasiado rato...
-¡Ey! -su amigo le tiró del hombro- No creo que a Leda... -el otro lo apartó de un empujo- ¡Oye! Mira, eres mi mejor amigo, pero apártate de ella ahora mismo.
Ninguno pensaba ya en Leda, ni que eran amigos desde que tenían uso de razón. De pronto no había nada más para ellos que un sentimiento de odio mutuo, un deseo de proteger a la chica... el uno del otro. De tenerla solo para ellos. Sí, un ser tan hermoso, tan dulce, tan puro... ¡Nadie más la tendría! ¡Nadie más podría protegerla!
Llovieron puños, patadas, uñas y dientes, hubo piedras, hubo palos, hubo sangre,¡y hubo muerte!
Ah... La joven rubia se acercó a los dos cuerpos inertes de los jóvenes. Estaban muertos. Se inclinó sobre uno de ellos, acercando sus labios al rostro de este y... abrió la boca y mordió, sus afilados dientes desgarraron y masticaron, y tragó. La nariz, las mejillas, los labios y los ojos... Oh, los ojos.. Tan bien... Engulló primero a uno, y mientras comenzaba con el otro cayó en la cuenta de algo. Levantó por un momento la vista de su banquete y sonrió a su hermana, que la observaba sentada con las piernas cruzadas a pocos metros, era una sonrisa pura y sincera, a la que su hermana respondió con la suya propia, aquella burlona y cruel; ambas satisfechas.
-Gracias, hermana -dijo, e hizo un puchero-. Ojalá pudieses saborearlos conmigo -su hermana siguió sonriendo, cualquiera que no la conociese volvería a insistir que con diversión y crueldad, pero ella la conocía, y vio la adoración en sus ojos. Oh, todo el mundo la adoraba, a ambas, probablemente, aunque de distinta manera. Es que eran tan bellas...


Anton observó el bosque desde el camino, he hizo un amago de acercarse al borde, pero su padre lo detuvo.
-¿A dónde crees que vas, mozalbete?
-Ah, papá, estaba pensando... Bueno, ayer oí a unos chicos mayores del pueblo hablar de ir a recoger unas flores llamadas las Flores que Oculta el Bosque, decían que eran muy especiales y bonitas... Y bueno, estaba pensando... Que a lo mejor eran unas de esas plantas mágicas que la abuela decía que había en los bosques, que podían curar a las personas. Y se me ha ocurrido que si le llevásemos a mamá aunque solo fuese una, a lo mejor se ponía bien...
Su padre lo miró severo.
-Esos chicos son unos zoquetes. Esas flores solo se pueden ver de noche, y créeme, hijo, que ni tú ni ellos querríais verlas realmente.
-¿Por qué? -preguntó el muchacho, intrigado.
-Bueno, dime, ¿no le decía yo a mamá mi flor a veces?
-Ehm... Sí, pero porque es guapa y... bueno, os queréis mucho...
-Exacto, ¿pero tu madre es una flor? No, ¿verdad? Es una humana.
Anton miró de nuevo hacia los árboles, con el ceño fruncido.
-¿Las Flores que Oculta el Bosque son personas?
-No, hijo, son muchachas, o al menos lo parecen. Se dice que son dos hermanas, fruto de la unión de una fada y un humano. Una de ellas heredó la belleza de su madre, rubia, pálida y esbelta, pero sus dones eran tan humanos como los de su padre. Por el contrario, la otra, si bien era hermosa, lo era de una forma más humana, pero había heredado los dones de su madre: ejercía un irresistible encanto sobre los hombres y, sobre todo, era inmortal. Estaban muy unidas, y no soportaban la idea de que la muerte las separase algún día, pero resulta que la madre de su padre era bruixa, y enseñó a sus nietas el secreto de cómo robar la vida de otras personas para alargar la propia.
Anton tragó saliva.
-¿Y cómo era eso, padre? -no pudo evitar preguntar.
-Devorando su carne. Pero no era tan fácil, pues esa magia no surtía efecto si la carne devorada era de alguien que hubiesen matado ellas mismas. Solo podía consumir la carne de quien hubiese muerto voluntariamente por ellas. Así que habitan este bosque, engañando a los jóvenes incautos que osen abandonar el camino en la noche, pues es el momento en que las bruixas y fadas malvadas son más poderosas.
Y sin más siguió caminando. Anton se apresuró a seguirlo, puede que aún fuese de día, y puede que fuesen por el camino, pero no quería arriesgarse.

lunes, 4 de noviembre de 2013

El antropólogo inocente y un nuevo hobby

Hace mucho que no me paso por el blog para escribir una nueva entrada, y hace aún más tiempo que esa nueva entrada no va sobre mis lecturas, así que, como ya tocaba, aquí os traigo una de las lecturas más recientes de cuantas tengo pendientes hablaros: El antropólogo inocente, de Nigel Barley, Ed. Anagrama.


"El antropólogo inocente es un texto ciertamente insólito del que se dijo: <> (David Halloway). El autor, doctorado en antropología en Oxford, se dedicó durante un par de años al estudio de una tribu poco conocida del Camerún, lo que constituyó su primera experiencia en el trabajo de campo, y casi la última. Nigel Barley se instaló en una choza de barro con la intención de investigar las costumbres y creencias del pueblo dowayo. Conocía la teoría del trabajo de campo, pero, como descubrió enseguida, ésta no tomaba en consideración la escurridiza naturaleza de la sociedad dowayo, que se resistía a amoldarse a norma alguna. En esta crónica del primer año que pasó en África, Nigel Barley -tras sobrevivir al aburrimiento y a desastres, enfermedades y hostilidades varias- nos ofrece una introducción decididamente irreverente a la vida de un antropólogo social.
Después de esta experiencia, el autor se incorporó al Museo Británico, cuyo departamento de publicaciones editó este texto como una curiosidad. La excitación que causó entre sus primeros lectores motivó que se publicara después en la colección de bolsillo de Penguin con extraordinario éxito."

¿Sabéis eso que suele pasar con los libros de lectura obligatoria para clase, que empiezas a leerlos a disgusto en la mayoría de los casos por el simple hecho de que no te hayan dado elección e, incluso si en otra circunstancia te hubiese gustado, les coges cierta tirria? Pues esta es una de esas excepciones. Admito que lo cogí con el recelo propio de los libros obligados, pero me ha gustado mucho. Lo recomiendo, tanto si se tiene interés en la antropología como si solo se quiere pasar un buen rato, pues es un libro cargado de anécdotas graciosas, que puede tanto hacerte reflexionar sobre diferencias culturales, entre otras cosas, como sacarte sonrisas y hasta risas.

Y bueno, lo del nuevo hobby viene a ser que ahora, además de dulces y libros, las manualidades cutriles han pasado a engrosar la lista de cosas con las que me entretengo. El otro día en casa de Mi Caballero probé suerte por primera vez con el fimo (lo que dio lugar a una especie de hada-planta y a una sirena de nombre Manola Manolo de noche, de las que por fortuna o por desgracia no tengo fotos para mostraros. Pero la cosa empezó hace ya unos meses cuando me dio por hacerme mis propias gargantillas y pulseras, de las cuales sí tengo fotos para mostrar los resultados.

Esta es la primera que hice, les he cosido lo que yo llamo "botones de clip" a modo de cierre (sé que tienen otro nombre, pero nunca lo recuerdo). Lo sé, no me he roto mucho la cabeza, pero aspiro a intentar hacerlas más "complejas" (añadir cintas o colgajos, lo siento, no doy pa' mucho más de momento).

Esta es medio obra mía medio de Mi caballero (en realidad yo solo puse los cierres, él me hizo el colgantico de la botella con la cadenita).

Este lo improvisé hace unos días media hora antes de ir a clase, porque llevaba uno de mis jerséis a rayas blancas y negras y me dio la venada de ponerme una gargantilla a juego. 

De este solo puedo decir que me apetecía hacerlo y me gusta cómo queda.

Y esto es una pulsera, se la regalé a una amiga.

He hecho otros colgantes y pulseras, pero olvidé hacerles foto antes de regalarlos.

jueves, 27 de junio de 2013

El "cómo se hizo" de la tarta-dragón

Bueno, llevo un poco-bastante-demasiado tiempo sin hacer entrada nueva, pero es que he estado de selectividad y demás. Para compensar os traigo fotos y comentarios sobre cómo hice mi tarta-dragón-cutril.

Lo primero, en verdad son dos tarta, una para la base y otra para el dragón, ambas cubiertas con fondant (la cual yo suelo comprar aquí en Zaragoza en la tienda de Crema y Chocolate). Las tartas son del mismo tipo que la que hice para el cumple de mi madre (aquí podéis ver la receta), aunque sin relleno.

La primera tarta fue la base, cubierta de fondant teñida de gris (la teñí con colorante negro, añadiendo poquito a poco con un palillo y amasando hasta obtener el color deseado).

La siguiente tarta la corté en partes que fui colocando sobre la base del molde en que había hecho ambas tartas para intentar montar el dragón de forma que encajase sin manchar aún la base.

Me sobraron trozos de tarta que mi madre se estuvo desayunando al día siguiente.

Luego desmonté el dragón, recorté un poco más las piezas de bizcocho para que fuesen más redondeadas, y lo cubrí pieza por pieza de fondant verde (en todo momento trabajé con fondant originalmente blanca que iba tiñendo según me parecía mejor), montándolo de nuevo sobre la otra tarta base. A continuación le añadí adornos (los pinchos azules, ojo, garras y demás).

Y el resultado final ya lo visteis en la entrada anterior:

sábado, 1 de junio de 2013

Porque aún hay cosas difícilmente prohibibles...

"No leas, los libros nos salen caros y en el ordenador te dejas la vista"
"No escribas, es una pérdida de tiempo si no mandas nada a concursos y los ganas"
"Deja de hacer dulces, es una pérdida de tiempo y dinero, ocupas la cocina, molestas"
¿Qué tiene permitido hacer? ¿Qué puede hacer? ¿Qué está bien que haga? Ni siquiera destacaba en esas cosas, pero era todo lo que tenía, lo que le hacía sentir bien... No sabía dibujar ni era estudiante de dieces, no le gustaba beber ni fumar, ni tenía dinero para viajar o ir de compras compulsivas, aunque esto segundo tampoco es una idea que le entusiasme precisamente, y lo primero quizás, quizás quizás algún día... No se le daban bien las matemáticas, ni la informática, las tecnologías por lo general parecían tener algo contra ella, tampoco tenía ningún talento musical, claro que nunca había tenido un instrumento entre sus manos para probarlo... Tampoco se lo podía comprar ni se lo compraría nadie, así que lo mismo daba. Una vez sí que se ilusionó con la idea de aprender a tocar alguno, ahorró el dinero para aquel prácticamente desconocido instrumento, dos años le llevó, y lo tenía, pero por azares del destino, y problemas en la economía familiar, tuvo que gastarlo en asuntos familiares y nunca más volvió a ver tanta fortuna junta en poder.
Ah... ¿Y qué le quedaba? Nadie le prohibía pasear, eso aún podía hacerlo, y vaya si lo hacía.
Caminó por las nocturnas calles de la ciudad del cierzo, disfrutando del último capricho que aún podía consentirse, bueno, eso y el chocolate... El aire era fresco, había estado lloviendo esos días y el verano parecía negarse a hacer acto de presencia aquel año, se arrebujó en su "bufanda", con sus casi siempre frías manos en los bolsillos del abrigo de paño negro, y aspiró aquel aire con fuerza. El pechó le dolió al momento, como si hubiese recibido un golpe, llevaba un par de días doliéndole cuando aspiraba con fuerza o se tumbaba de espaldas, probablemente se había resfriado o algo, ya le pasó algo parecido en una ocasión, cuando pilló infección de pecho y tuvo que pasarse varios días tomando unas pastillas del tamaño de supositorios y durmiendo medio sentada porque de lo contrario le era difícil respirar. Al menos esta vez era solo un dolor leve.
La punta de la suela de uno de sus botines se estaba empezando a despegar de nuevo, y fue aún más consciente de ello cuando pisó un charco y sintió el frío del agua invadir su calcetín. Podría haber dado media vuelta y regresado a casa a cambiarse de calzado, pero lo único que deseaba en ese momento era caminar y caminar hasta que los pies le doliesen a rabiar.
¿No era ese el Parque Grande? Vaya, ni se había dado cuenta de que andaba en esa dirección. Lo cierto es que le apetecía un montón adentrarse en él y perderse entre sus caminos más inhóspitos, pero era sábado, y aunque nunca había estado allí un sábado en la noche, sabía bien lo que se solía cocer, había oído mentar las suficientes veces que era zona de botellones, y más de una vez había visto las pruebas en forma de cristales rotos y botellas abandonadas por el césped, cerca de bancos, y por las cercanías del riachuelo aquel que transcurría por allí., que vete tú a saber, igual hasta era un afluente de algún río cuyo nombre debería conocer, pero esas cosas nunca habían sido su fuerte... tampoco. Pensando así, parecía bastante inútil, la verdad, ¿qué sabía hacer? ¿Postres cutres que a veces ni le salían buenos? ¿Leer, con temporadas de abandono masivo de lecturas a medias? ¿Imaginar mil historias que nunca escribe? ¿O escribir mil cosas que, o bien deja a medias, o no valen ni el esfuerzo que hace una vez al año de replegar los papeles en que se hallan y decidir cuáles guarda y cuáles tira?
Se ha sentado a la entrada del parque, no entrará, pero tampoco se decide a marcharse, no sabe a dónde ir, no es que planease llegar allí, pero ahora tampoco quiere volver a andar sin rumbo fijo y arriesgarse a ir más lejos, porque a partir de ahí se pierde seguro, con el sentido de la orientación nulo que tiene...
Se plantea el volver a casa, pero no por la seguridad del hogar, que en esos momentos no es la perspectiva más alentadora dado su estado de ánimo y lo que lo ha provocado, sino porque le están entrando unas ganas terribles de escuchar música mientras escribe. No sabe el qué, no sabe el por qué, pero le da igual lo que le hayan dicho. Contra lo de los libros y los dulces poco puede hacer realmente, pero aún puede rebelarse contra lo de escribir... A no ser que se planten en la puerta de su dormitorio a espiarla, ¿cómo van a impedir que coja libreta y papel? ¿O qué abra ese blog que parece usar solo para desahogarse y comentar cosas que le gustan o llaman su atención?
Y antes de que tan siquiera haya terminado el hilo de estos pensamientos, camina ya por Plaza España, camino de casa, de su dormitorio, tan solo se detiene un momento en el Puente de Piedra, le encanta apoyarse en los bordes de piedra y asomarse al río Ebro...

Buenos, para compensar el rollo macabeo que os acabo de soltar, os dejo unas foticos de lo que al parecer, al menos hasta que me emancipe, son las últimas tartas que he podido hacer.

Esta mariposa-tarta la hice para el cumpleaños de mi madre.

Y esta tarta-dragón la estuve haciendo ayer, aunque por desgracia no he podido llegar a terminarla... (le faltan las alas, entre otras cosas)

jueves, 4 de abril de 2013

Cosas de mariposas

Camina por las calles a buen paso, no es que tengo prisa por algo en concreto, simplemente tiene una idea fija de dónde quiere llegar. Las calles están desiertas y probablemente la luna se halle en algún lugar del cielo, oculta tras las nubes que provocan el velo de tenue lluvia.
Su cabello largo y alborotado se pega a su cuerpo, con aspecto más dócil del habitual debido al peso del agua que lo empapa, tiene las alas replegadas a la espalda, en su inútil intento por que se mojen lo menos posible y, ya de paso, tal ese gesto la resguarde un poco del frío en su espalda, aunque tampoco hace tanto, la verdad...
A su paso las sombras se retuercen junto a las paredes de los edificios y los árboles cuyas ramas se agitan débilmente, por el rabillo del ojo puede distinguir las formas, humanoides, animales, vegetales o amorfas sin más, que se asoman a su paso con gesto curioso. Si un humano pasase por allí en esos momentos tal vez sentiría un ligero escalofrío y culparía a la lluvia de ello. Son los sueños, las pesadillas, los seres creados por la imaginación... o eso se supone. En cualquier caso, son lo mismo que ella, y a ella nunca le ha gustado pensar en sí misma como un simple fruto de la casual imaginación de alguien. Ella se siente viva, se parte parte activa de la persona  de la que surgió. No, no es solo que se sienta así, sabe que es una parte de ella, a veces podría decirse que incluso independiente a sus deseos.
Ha llegado a su destino, varias mariposas nocturnas revolotean a su alrededor mientras se asoma por el borde del puente a contemplar el chocar de las aguas del río contra la piedra en la que ahora apoya sus manos.Hace impulso y se sube, primero colocándose en cuclillas, luego se levanta lentamente y extiende sus alas. La lluvia ha cesado y las sacude, salpicando gotas por doquier y provocando la huida despavorida de sus pequeñas hermanas voladoras, que no tardan en volver a acercarse. Sonríe, sintiéndose fresca y bien. Sus alas pálidas son una versión muchísimo más grande de las de los insectos que alternan el revolotear con el posarse en su cabello y piel, como si de familiares caricias se tratasen.
Sus hermanas la están llamando a que vuele con ellas, es la hora bruja, cuando algunas madres cuentan a sus hijos que terribles cosas salen, y que las brujas sobrevuelan el cielo nocturno. Bien, bueno, ella no es bruja, pero sus alas están para algo, y vaya si sabe usarlas... Lleva haciéndolo desde que tiene memoria, sale volando en cuanto el viento la reclama. Pero a veces se pregunta que pasaría si una noche no quisiese volar lejos, si decidiese decepcionar a sus hermanas y quedarse allí. No tendría por qué renunciar a volar, simplemente no hacerlo tan lejos... Siempre vuelve, por supuesto, porque allí tiene cosas que le impelen a hacerlo, cosas y personas que la esperan, su humana, por ejemplo, y tal vez las personas que la rodean, aunque no sepan de su existencia y mucho menos de su presencia.
Suspira y se mira la mano derecha, ligeramente confundida al percatarse de que se la había estado agarrando y pasando los dedos de la otra distraídamente por ella. Si su azulado tono de piel se lo permitiese, probablemente se abría sonrojado... Y le viene inevitablemente el recuerdo de cierta leyenda sobre dragones. Nunca había pensado en aquella como una ciudad de dragones. Vale que muchos mitos la poblaban, como a las demás, pero... ¿Dragones? La idea le gustaba...
Y de pronto, sin saber ni en qué momento había bajado dejado el puente atrás, caminaba de regreso a casa con la cabeza bullendo de ideas.
Suspiró. Bien, bueno, parece que en ésta ocasión se le había fastidiado la escapada a volar... Bueno, a saber cuándo habría vuelto. Se encogió de hombros, a quién quería engañar, habría vuelto cuando su frustrante humana hubiese dejado de pensar en dragones y todas esas cosas que al parecer bullían en su mente esa noche.
Agh, su humana casi siempre le permitía hacer lo que le viniese en gana, rara vez le negaba nada, y por eso había llegado a verse a sí misma como parte imprescindible de ella, a decir verdad, a veces uno no sabría quién era la creación y la creadora... Y a su humana rara vez parecía importarle quien llevase las de cantar ahí.
Pero en fin, la cuestión, que al parecer esa noche se le había vuelto a fastidiar el plan e iba a quedarse en tierra, al menos por el momento... Su humana era definitivamente frustrante.


jueves, 21 de marzo de 2013

Historia romántico juvenil cacaomentaloide, o de cómo escribir algo con cualquier cosa conforma se te va cruzando por la mente... (lo que viene a ser experimentar)

Cosquilleó en sus labios y estremeció el corazón. Ardió en sus entrañas y originó un suspiro. Aleteó en su piel y estremeció su mente. Y un anhelo se depositó en ella. Un fuego que ardía sin quemar, que dolía deliciosamente. Y su corazón gritaba, se revolvía y maldecía, más hirientes sus exigencias que las que el cuerpo clamaba, tenía a su mente esclava, vagando en entre mil ensueños y maquinando diez mil historias. Porque al final a eso se reducía todo, a sueños e historias, leídas o por contar, culpables de todo aquello...
Frustrada, dolida, anhelando aquello de lo que tanto escribían. Promesas, promesas... Y al final, una herida. Y de esa herida, en verdad, a nadie podía culpar, se la hacía ella misma cada vez que se permitía soñar despierta. 

Esa noche se había sentado como tantas otras en los bancos de madera al fondo del pequeño local, una posición que le permitía pasar desapercibida sin perder detalle de cuanto acontecía. Pero poco le importaba en verdad, realmente no había nada de su interés que mirar. Nada ni nadie que atrajese especialmente su atención, nada ni nadie que inspirase historias en su imaginación. Se preguntó en qué momento había empezado a ver en la gente y las escenas que llamaban su atención como algo potencial para sus historias, tanto las que escribía como las que solo transcurrían en su mente, en vez de simplemente como escenas o personas. Bueno, a ver, tampoco es que fuese siempre así pero...
Suspiró, se aburría, para variar. La música no estaba mal, sus acompañantes se divertían, pero su mente era incapaz de centrar la atención, si iba sin su permiso, no lo podía evitar... Se aburría. 
Suspiró nuevamente. 
Oh, vaya, había un chico junto a ella, ¿cuándo había llegado? La sonreía... Tenía aspecto de agradable y joven caballero, justo como ella siempre había imaginado que sería el chico que algún día robaría su corazón, como en algunos de sus libros... ¿Cuándo había empezado a cuestionarse si realmente era lo que quería? Ah, sí, cuando había empezado a temer no encontrarlo... Lo había erigido casi más como un escudo que como una creencia real, y le estaba pasando factura... Lo notaba. Hubo un tiempo en que su corazón se habría desbocado ante la sonrisa que le dirigió el joven caballero, que habría tenido que morderse el labio para no sonreír como una tonta cuando le dirigió la palabra... Bueno, vale, todavía le pasaba lo primero y lo segundo... a ratos. Pero ya no funcionaba igual, era como algo roto, estropeado, su ilusión estaba ahí... Pero una parte de su mente parecía más que dispuesta a ahogarla. La romántica que se negaba a morir en ella deseaba al fin haber encontrado al fin lo que buscaba -como si realmente supiese lo que buscaba...- mientras que esa insidiosa mala sombra que al parecer se había aposentado en algún rincón de su ser en los últimos años comenzaba a ponerse nerviosa, haciéndola dudar, metiéndole miedo e instándola a desalentar a cualquiera, por muy caballero maravilloso que se viese a sus ojos. Era una sombra cobarde, que intentaba disimular su cobardía alegando cosas como "tal vez no sea correcto", "apresurarse es malo", "paciencia, paciencia...". Pero paciencia era algo que podía fácilmente ser pervertido por malas sombras como aquella. Al final, paciencia se convertía en constantes esperanzas aplastadas por las falsas "esperanzas" que la mala sombra creaba...
"Paciencia, paciencia... Seguro que este no es, te precipitas...".
Pero no era tonta, hacía tiempo que había asumido conciencia de esa especie de miedo que se autoinsuflaba cada vez que a su corazón le daba por aletear... A veces luchaba contra él, otras no... Y era obvio quién iba ganando...
¿Que tal no le gustase la idea del amor? ¿Que no estuviese hecha para eso? A quién quería engañar... era una romántica, se lo decían sus anhelos, sus ensoñaciones y los libros que era incapaz de dejar de leer por mucho que también tocase otros géneros... Por no decir las historias que pasaban por su mente...
Iba a hacer acopio de fuerzas, se negaba a ser una cobarde temerosa de cometer errores... Si no pruebas y te equivocas, ¿cómo vas a acertar?
Conversó con el joven caballero, hablaron de todo y de nada, se lo pasaron bien así... 
Era tarde, tenía sueño. ¿No se estaba pasando de cercana con aquel chico que acababa de conocer? ¿Y si no era él? ¿Y si se hacía falsas esperanzas? ¿No sería una bruja horrible si por culpa de su cercana actitud él se hacía esperanzas y resultaba que ella no le correspondía? Ay, ay, ay... 
A lo que se quiso dar cuenta, había vuelto a poner excusas... y se estaba de camino a su casa sin dejar al muchacho manera alguna de contactarla... Ay, ay, ay... 
En fin, bueno, ahora era el momento en que cavilaba sobre ello, sobre el por qué de su actitud, se reprendía, se enfadaba consigo misma, decidía que tenía que hacer algo al respecto...
Pero, ¿y si en verdad no era el amor lo que anhelaba? ¿Y si simplemente se dejase llevar sin buscar a alguien especial? ¿Y si...? ¿Y si...? ¿Y si...?
Y vuelta a empezar...

Y para compensar vuestra paciencia mucho tiempo libre por leer esto, una foto :D ¡Una foto que tenía por ahí de algo que comí hace la tira de tiempo! ¿A quién no le gusta la tarta?

sábado, 10 de noviembre de 2012

El pajarillo

-¿Qué le pasa, es estúpido o qué? - la joven de cabellos castaños observaba al pajarillo, inmóvil, mirando la puertecilla de su jaula, la cual ella acababa de dejar abierta.
La otra joven, la de ojos castaños, rió tras ella.
-Creo que tu pajarillo quiere volar, pero no sabe cómo ni a dónde...
La joven de cabello castaño frunció el ceño.
-Entonces sí debe de ser estúpido. Le he visto volar dentro de la jaula, fuera no puede ser mucho más difícil, y hay un montón de pajarillos afuera con lo cuales puede ir.
Otra risita.
-Ah... Pero aquí ha tenido siempre agua y comida, pero ignora qué le deparará el exterior.
-Aunque tuviese agua y comida, no siempre se le ha tratado tan bien. En esta casa ha habido quien ha disfrutado haciéndolo rabiar, e incluso quien lo ha usado para desahogarse -la joven de cabellos castaños frunció los labios, atenta al pajarillo de tonos marrones que seguía contemplando la puerta sin moverse del columpio en el que se había posado.
-Bueno -contraatacó la de ojos castaños-. Puede que al principio tu pajarillo estuviese indefenso, pero tengo entendido que terminó aprendiendo a picar a quien se sobrepasase con él...
-Sí, bueno... -una leve sonrisa asomó a sus labios, desvaneciéndose sin terminar de formarse- Pero eso no cambia que este sigue sin ser el mejor lugar para él, tengo entendido que a los pajarillos los gritos no les van bien, y además... 
-¡Mira! ¡Mira! -la joven de ojos castaños señaló al pajarillo, que había avanzado un poco en dirección a la puertecilla abierta- Parece que tu pajarillo al fin va a alzar el vuelo fuera...
La joven de cabellos castaños soltó un gritito emocionado. Pero a su rostro no tardó en regresar la expresión de fastidio ciando vio que el pajarillo se posaba en el borde de la puertecilla, pero sin hacer el más mínimo amago de ir más allá.
-Definitivamente es estúpido -sentenció.
Su amiga le palmeó un hombro.
-Paciencia, querida, paciencia. Tal vez necesite algo más de confianza, pero opino que situarse ahí es ya un gran paso... Al menos es señal de que quiere salir.
La otra chica suspiró, irritada.
-Si tú lo dices... 
Y ambas siguieron observando al indeciso pajarillo de tonos marrones, inmóvil en el borde de la puertecilla abierta de su jaula, observando el exterior con sus ojillos negros, con esos rápidos movimientos de cabeza que uno no sabe si son gesto de curiosidad o de estar buscando algo...
Otra creación mía, como siempre, espero vuestra opinión en forma de comentarios.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pimienta y canela. Paciencia y respeto.

Agh... Exasperada era una palabra muy pobre para describir cómo se sentía... Ella entendía la palabra respeto, y ciertamente, la respetaba. Pero había momentos en que era... cómo decirlo, complicado recordar que debía respeto a según que especímenes humanos. Sobre todo a aquellos con más de medio siglo de vida que actuaban peor que un niño de cinco años malcriado. Sí, sí, una expresión muy repetida la de "ser peor que un crío". Pero, ¿de veras esperaban que mirase con respeto a alguien a quien, porque le decías que la calabaza que había traído a casa no era la adecuada para hacer dulce de cabello de ángel, se ponía a gritar que no tenías razón, habría dicha calabaza, veía que tú tenías razón, y su conclusión no era otra que prohibirte cocinar la calabaza, llamarte con los insultos más vulgares y menos originales que se le podían ocurrir, y decir que iba a tirar la calabaza a la basura? Y todo por qué, ¿por que tú tenías razón y él no? ¿Porque no quería admitirlo? ¿Porque con la calabaza que había traído no se hacía cabello de ángel? 
Vale, este era uno de esos momentos en la vida en la que a una le entraban ganas de romper algo o pegar a alguien. Pero ese tipo de reacciones siempre le habían parecido absurdas. Sí, vale, a veces se le caldeaba la sangre y terminaba a gritos, pero jamás levantaba la mano. Para ella, la simple acción de levantar la mano con intención de herir a alguien era aberrante. Tenía sus buenas razones para pensar así, como para muchas de las otras "normas" que había impuesto en su vida. Y, sin lugar a dudas, el espécimen humano de más de cincuenta años que resollaba en el sofá tras gastar todo su aliento, y tal vez más de la mitad de las palabras que albergaba en su vocabulario (ninguna para sentirse orgulloso), era el origen de más de la mitad de sus "normas" de cosas que debía evitar hacer. Tal vez debiese estarle agradecida por ello...
Pero en fin, incluso ese espécimen quincuagenario y mal hablado debía ser objeto de su respeto y, por extensión, no debía rebajarse a devolverle los gritos ni las palabras desagradables.
Desde luego, era una prueba de paciencia más que de respeto. A veces le sorprendía cuánta paciencia podía mostrar en unas situaciones mientras que en otras pronto sentía la sangre subírsele a la cabeza, si bien pocas veces hacía caso a los susurros del enfado que pedía insistente el ser desatado.
Respirar hondo, contar hasta diez... y esas cosas que a decir verdad distraían más que calmaban.
Ah... Paciencia y respeto, eran ingredientes caros y difíciles de conseguir, como lo fueran la pimienta y la canela en siglos pasados, pero igualmente deliciosos si sabías administrarlos bien sobre las comidas. Incluso la comida más difícil de tragar podía volverse pasable cuando la aderezabas adecuadamente. 
Sí... Seguiría añadiendo esas pequeñas especias a su vida, tragaría las situaciones molestas y no permitiría que le indigestasen el día.



viernes, 20 de julio de 2012

Solo temores infantiles...

Clara siempre fue una joven con mucha imaginación. Con siete años, su madre no podía evitar preguntarse , en tono preocupado, cuándo dejaría su hija de hablar de amigos imaginarios. ¿Estaba siendo exagerada, o eran temores bien fundados? ¿A qué edad se consideraba adecuado que una niña dejase atrás los mundos de fantasía para comenzar a interesarse por temas más reales de su entorno? A ver, con siete años, tampoco pedía que su hija se pusiese hablar de temas políticos ni de las atrocidades del ser humando hacia sus semejantes, pero, ¿era correcto permitir que se metiese en su cama cada vez que aparecía en su dormitorio a media noche sollozando y diciendo que temía cosas que aseguraba se movían entre las sombras de su cuarto?
Ciertamente, la mayoría hemos tenido temores nocturnos de ese tipo en nuestra niñez pero, como madre, la de Clara tampoco quería ser causa de que dichas fantasías escabrosas se perpetuasen por no saber contarlas de raíz...
Pero no todo era malo. Aunque sus padres apenas se molestasen en fingir interés acerca de las anécdotas sobre sus amigos imaginarios, a sus amigos del colegio les encantaban. 
Guau, ojalá también ellos tuviesen amigos imaginarios. ¿Podían ver al suyo? No, por supuesto que no, aunque no porque ella no quisiese... Oh, pero podía describírselo y hablar con él de su parte, podían jugar todos juntos aunque no lo vieses... Bueno, más bien "con ella" y "la viesen", porque la invisible amistad de Clara era de género femenino. Oh, se maravillaba su profesora, que ya imaginaba estar alentando en su prometedor futuro a una escritora en ciernes, ¿se trataba de una niña como ella? Que va, que va, la corregía, su amiga, aunque joven, era mayor, y muy guapa, aunque siempre llevaba el rostro cubierto por un fino velo de encaje blanco que apenas dejaba adivinar unos rasgos suaves. Pero, por supuesto, ese velo no era más que otra consecuencia de su belleza, algo que debía llevar para minimizar el acoso de los pretendientes. Su propio padre la instaba a llevarlo, decía que era indecente para una joven ser perseguida por tantos hombres. Aunque Clara no tenía ni idea de lo que era ser indecente... Oh, ¿su amiga imaginaria tenía papá? Era la observación de la profesora, que ni se molestaba en explicarle el significado de la palabra "indecente", ni se paraba a pensar en lo chocante de que la usase un ser de su inventiva sin que siquiera supiese lo que significaba... Y se limitaba a sonreír y volver a maravillarse ante la imaginación de su alumna y la perspectiva de estar alentando a una escritora en ciernes.
Ah... Pero su amiga imaginaria no siempre era tan divertida, a veces la asustaba... Después de todo, podía ser de lo más inquietante tener a una joven de traje antiguo y con el rostro cubierto por un velo mirándote desde las sombras de tu habitación toda la noche. Por eso Clara le solía dejar la puerta abierta, había descubierto que así su amiga se dedicaba a entrar y salir, y con eso, y la compañía de un peluche al que abrazar, le bastaba para poder conciliar el sueño.
Pero otro gallo cantaba cuando iban de visita al pueblo...
Qué manía tenía su abuela con cerrarle la puerta del dormitorio. Aunque allí casi lo prefería. Su habitación se hallaba en la planta superior de la casa del pueblo, justo a la derecha de la escalera, y a la izquierda de ésta, se hallaba la puerta que daba a las pocas y toscas escaleras que llevaban a desván. Qué poco le gustaba aquél sitio... Incluso de día, subir al desván la ponía nerviosa, pero por la noches... Quita, quita, prefería la puerta cerrada a la terrible sensación de que, estando abierta, en cualquier momento se abriría también la de las izquierda de las escalera y algo podría salir de ahí para entrar a su cuarto.
Abrazó con más fuerza su viejo osito de peluche amarillo y dejó que las sábanas y mantas la cubriesen por completo, impidiéndole ver cualquier otra oscuridad que no estuviese bajo ellas. Pero ah... de qué poco le sirvió eso cuando oyó el "clink" de la puerta al abrirse. Su abuela siempre se quejaba de lo mal que se cerraban esa vieja puerta, que constantemente se empecinaba en abrirse sola por las noches cuando ella no hacía más que cerrarla. Pero a Clara no le hacía falta sacar la nariz de debajo de las sábanas para ver a su amiga imaginaria junto a la puerta entreabierta, asomando al pasillo y con la mano en el picaporte... No le gustaba nada cuando hacía aquellas cosas, y prefería consolarse pensando que si miraba hacia el pasillo era para vigilar que nada malo entrase, protegiéndola. Pero cuando se aventuró a sacar la cabeza de debajo de las sábanas, se topó con la joven imaginaria mirándola desde la puerta completamente abierta, y se sorprendió cuando comenzó a hacerle gestos de ir, precisamente, hacia la puerta del desván. ¿Se había vuelto loca? Podía perfectamente ver la dichosa puerta entreabierta, y no le gustaba un pelo la sensación que le producía... La joven le hizo gestos más apremiantes, y la niña sacudió enérgicamente la cabeza. No, no y no, se negaba en rotundo. La joven se acercó a la cama e hizo amago de desprenderla por completo del escudo de telas que le proporcionaba la cama, Clara agarró fuertemente las sábanas y mantas, frunciendo el ceño en gesto de tozudez, pero sin que el miedo dejase ser ser visible en sus ojos. Se negaba en rotundo, ni loca iría al desván de noche, todo el mundo le había explicado que los amigos imaginarios eran eso, imaginarios, y que por eso carecían de voluntad propia y servían solo a su la imaginación de sus creadores, no podía obligarla a salir ni hacerle daño. La joven pareció ceder al fin, y le lanzó una mirada llena de resentimiento. Clara sintió algo de remordimiento y se disculpó mentalmente, con ese lenguaje que solo puede existir entre un niño y su amigo invisible, pero no podía hacerlo, tenía que entenderlo... y la joven se fue.
Y debió de ser que Clara había escarmentado ya de amigos imaginarios, pensaron sus padres, pues no volvió a hablarles de la suya nunca más. 
Creció y le llegó la adolescencia, aunque nunca le gustó demasiado la oscuridad. Explicaba a quién quisiese escucharla que siempre había sido, desde pequeña, alguien con una imaginación desbordante, y que a veces le jugaba malas pasadas. Sobre todo en la noche, cuando todas las sombras de su cuarto parecían tornarse en criaturas o escondites perfectos para estas, y le parecía contemplar a un ser esbelto, espectral, vestido de encaje blanco de pies a cabeza, rostro cubierto incluido, que la observaba desde cualquier esquina del dormitorio mientras otras cosas más deformes, como masa de sombras, se desplazaban arrastrándose por paredes y techo hacia ella, pero sin llegar nunca a tocarla... Aunque mira tú, jajaja, que a veces le daba la impresión de que cada día estaban más cerca... Qué cosas hace la imaginación... 
Y un día la cama de Clara amaneció vacía.
Sus padres salieron en las noticias, televisión, periódicos, etc, todos interesados en qué clase de secuestrado o psicópata podría haberse llevado a la adolescente en mitad de la noche sin que nadie lo advirtiese. Los padres lloraban desconsolados pidiendo su retorno, cosa que, por supuesto, jamás sucedió. Todos hablaron, hasta que se cansaron y cayó en el olvido, de lo triste de su desaparición, de lo buena chica que era y la asombrosa imaginación que había tenido siempre.
Nada más, solo otro caso más que alguna madre como la de Eva contemplaría en las noticias, pensando horrorizada por un momento en cómo se sentiría de estar en el lugar de la de Clara. Pero bueno, en cierto modo, esas cosas sobre todo les pasaban a los adolescentes, que ya se sabía que podían cometer toda clase de locuras...
Su Eva apenas tenía siete años, y una imaginación desbordante. Fíjate, que incluso le hablaba de unas amiga imaginaria... A la madre de Eva le encantaba la idea, porque había oído sobre las ventajas de que un niño expresase su imaginación de esas formas, así que escuchaba sonriente todas las historias que su hija de contaba sobre su invisible amistad. Siempre parecían pasárselo bien... Bueno, salvo algunas noches, que su hija decía que no le gustaba cómo la miraba ni algunas cosas que hacía, pero ya se sabe, es típico de los niños sentirse inseguros en la oscuridad de la noche, sobre todo si ostentaban tanta imaginación como su Eva.
Pero al fin y al cabo eran solo temores infantiles...



viernes, 22 de junio de 2012

Zombie de sueño o acerca de cómo desahogarse

Ya me gustaría a mí dormir así de bien...


Oyó a su madre llamarla para poner la mesa y maldijo para sus adentros. Hundió el rostro en la almohada, o sería más correcto decir en uno de los cojines que poblaban su cama, ya que la susodicha almohada de la cama se hallaba a sus pies, y no porque estuviese mal colocada, era ella quien se había tumbado del revés, pensando en que cerrar los ojos y dejarse reposar por unos minutos harían que se sintiese menos pesada, menos ofuscada. Realmente llevaba despierta y vestida desde las 9:00, solo se había recostado unos minutos y ni siquiera había llegado a dormirse, su cuerpo seguía sintiéndose pesado, y todo su ser se rebelaba ante la idea de obedecer a la llamada y  levantarse. Le dolía la cabeza solo con pensar en todo esto, y lo mismo le habría dado estar echa de plomo... 
Finalmente, y tras un profundo e irritado suspiro, que más merecía la categoría de resoplido, abrió los ojos, poniendo todas sus fuerzas en convencer a su mente de que mandase a su cuerpo las pertinentes órdenes de movimiento.
Probablemente era una suerte que tan apenas entrasen unos fragmentos de luz por la persiana subida apenas una quinta parte, aunque tampoco era como si eso hiciese menos lamentable el abrir los ojos... No tenía especialmente calor, pero sentía el aire cargado a pesar de tener la ventana semiabierta. Cosas de la situación de su dormitorio respecto al resto de la casa; entraba poca luz, pero el movimiento del aire era más bien escaso, por no decir nulo.
En resumen, le tentaba la idea de emplear todos esos esfuerzos en gritar que no tenía hambre y pasarse el resto de la tarde tirada en la cama, durmiendo, que era lo que al fin y al cabo parecía exigirle el cuerpo.
Ella no bebía, no fumaba, y no tomaba ningún tipo de sustancia por el estilo, pero por lo demás, no se podía decir que tratase muy bien a su cuerpo... En cuanto le quitaban la vista de encima, cualquier intento que hiciese de seguir un patrón ordenado de sueño y/o alimentación se iban a pique. Sobre todo en verano, cuando hacía más vida de noche que de día, y no precisamente porque saliese de juerga... Y sobre su alimentación, si por ella fuese, subsistiría a base de agua, té, algún zumo y piezas de fruta esporádicas... puede que incluyendo algo de helado, horchata o granizado de vez en cuando.
Finalmente se levantó, y se sintió morir. La cabeza le daba vueltas y el estómago se le encogía, los párpados pugnaban por no cerrarse y su cuerpo la maldecía por ponerse en pie.
Definitivamente debía de ser la versión viviente de un zombie... Lo cual de todas formas carecía de sentido tan solo por intentar aunar viviente y zombie sin  nada de muerto en la misma frase.. Qué más daba, incluso si eran desvaríos, podía considerase afortunada de conservar la capacidad de pensar.
Encima le dolía el pie izquierdo. Cuando no descansaba bien siempre le dolía alguna de las muchas zonas de su cuerpo donde alguna vez se había lesionado. Y el tobillo izquierdo, con sus múltiples esguinces de infancia (de los que no había vuelto a saber tras entrar en la pubertad) solía llevar ser el más frecuente incordio. Y no se podía que se debiese a grandes lesiones, todas sus lesiones, tanto esguinces de tobillo, de muñeca o lesiones musculares habían sido por las causas más estúpidas que uno pueda imaginar... Un resbalón causado por unas pistolas de agua, una bailarina que se había salido, una colchoneta mal puesta, un resfriado...
Fue medio arrastrándose hasta la cocina y se detuvo el la puerta, mirando perezosamente a su alrededor e intentando que su mente llegase a la conclusión de qué había para comer a partir de lo que veía. Su madre estaba haciendo algo de carne a la plancha. Frunció el ceño. Era poco probable que su madre hiciese eso como plato único. Vio lechuga sobre la mesa blanca de cocina. ¿Ensalada de primero? Uhm... ¿le apetecía? No, de hecho, no le apetecía ni la carne ni nada que fuese más sólido que el poleo menta, frío y con mucho azúcar, con que había saciado su estómago aquella mañana. Iba a comunicarle a su madre que se volvía a la cama cuando ésta comenzó a servir pasta rellena (tenía un nombre, pero ahora no le salía...) en los platos. Se quedó cavilando mientras la veía sacar un sobre abierto del microondas. Se acercó con curiosidad y vio que acababa de fundir queso... Uhm... Pasta con queso... No, seguía sin tener apetito, pero decidió que, después de hacer todo aquello, era poco probable que su madre le permitiese regresar a su estado de vegetal diurno espatarrado entre cojines, peluches, y sábanas arrugadas. Se apropió del sobre de queso fundido y lo vertió diligentemente en su plato de pasta, sintiendo un deje de gozo cuando su hermano dijo que no quería y se le permitió echarse todo el queso para sí. Seguía sin tener apetito, pero ahora su estómago ya parecía algo más dispuesto a colaborar... Si bien sus sentidos seguían algo embotados, con cierta predisposición a la irritabilidad. 
Sea como fuere, se sintió algo más humana tras zamparse el plato de pasta rellena ahogada en queso e, incluso, uno de los trozos de carne a la plancha. 
Con el estómago menos revuelto, el cuerpo menos pesado pero una irritabilidad aún latente, decidió terminar de espabilarse, o desahogarse, o lo que fuese, conectándose a internet u escribiendo algo nuevo en el blog...
Finalmente, y tras fulminar con la mirada y maldecir su conexión a internet, aprovechó la ausencia de su hermano, a sugerencia de su madre, y se trasladó al ordenador de este donde, tras darse cuenta de que en realidad no tenía ni idea de sobre qué podía hacer una nueva entrada, optó por amargar una vez más a los lectores con una entrada que poco interés podía despertar en ellos, pero que a ella la dejó la mar de a gusto.

jueves, 7 de junio de 2012

"La doncella presa"

Érase una doncella en una alta torre presa.
Esto no era cosa de extrañar, cientos de historias cuentan con protagonistas semejantes.
La doncella pasaba sus días sentada frente a la ventana, observando el exterior con aire melancólico y ojos soñadores. Soñaba despierta lo que no podría vivir ni en sueños, imaginando la llegada de su apuesto galán rescatador.
Día tras día se sucedían, pero ella seguía presa en la alta torre, sin puertas de entrada, solo la ventana de su alcoba. 
Y un día llegó un galán que, tras alzar su mirada hacia la ventana y observarla largo rato, le pidió que soltase una escalera, o algo que le permitiese reunirse con ella y mostrarle el amor que aseguraba profesarle. Era un galán encantador, de buen corazón... como muchos otros de los que por allí a veces pasaban, y la misma petición le hacían. La doncella entonces los observaba, con aire pensativo, suspiraba, nostálgica y soñadora, y finalmente se apartaba de la ventana, lejos de la vista de los galanes, hasta que estos, con espíritu vencido, marchaban.
Día tras día, año tras año, y nada parecía que fuese a cambiar... 
La doncella soñaba con su apuesto galán rescatador mientras miraba por la ventana de la alta torre en la que se hallaba presa y, de vez en cuando, desviaba su atención hacia la larga escalera de cuerda que descansaba en una esquina de la habitación...

Bueno, ahí dejo esa historia, hacía bastante que no subía una creación propia... Esperaré ansiosa vuestros comentarios y opiniones sobre la historia y su doncella.

jueves, 2 de febrero de 2012

El comienzo de una historia que me traigo entre manos... Todavía sin título

La piel humana sucia, sudorosa, salpicadas de plumas a medio surgir de sus carnes, los ojos dorados, rapaces, con las pupilas contraídas por la rabia. Hundió sus garras de ave en el suelo, levantando en parte las ya maltrechas losas negras y dejando al descubierto la piedra gris. Alzó el rostro al alto techo del pasillo y de sus labios, de su garganta aún de mujer, surgió un grito agudo muy poco humano. Volvió la vista hacia la ventana que se abría ante ella. Demasiado pequeña.
¡No! No había llegado hasta allí para rendirse, para dejarse arrinconar y vencer por una minucia como aquella. Echaría abajo la pared si hacía falta, aunque quebrase sus huesos en el proceso.
El olor a sangre se hizo más fuerte, oyó gritos y el sonido de las botas de los soldados que llegaban, a punto de girar la esquina por la que ella misma había llegado a aquel callejón sin salida. Aquel castillo siempre había tenido fama de laberíntico pero, ¡qué clase de imbécil hacía un pasillo como aquel! Había girado mil esquinas para terminar dándose de bruces con la ventana como única vía de escape. Ya no podía dar media vuelta. La pared o el acero de las espadas.
Dirigió una última mirada veloz al bulto que abrazaba entre sus brazos, envuelto en la seda que hacía unos momentos había sido el vestido de una reina. Lo hacía simplemente por constatar que la criatura aún seguía con vida, pues no guardaba la más mínima intención de alejarla de sí. La niña se limitó a mirarla con aquellos ojos, idénticos a los de su madre, sin mostrar el menor atisbo de inquietud. No había llorado ni en el momento de su nacimiento, mostrando una serenidad impropia de la recién nacida que era, incluso mientras la harpía la envolvía con el vestido que acababa de arrancar del cadáver de su madre y huía en carrera de la habitación, con el silencioso bebé en brazos, destrozando a cualquiera que osase interponerse en su camino.
No... nadie le haría daño mientras viviese. Lo había prometido, y aunque no hubiese sido así, la protegería igualmente con su vida.
Se alzó amenazante hacia el enemigo, la superaban en número, no necesitaba verlos para saberlo, pero solo necesitaba tiempo, entretenerlos el tiempo suficiente para que una de aquellas bolas explosivas que le había entregado René antes de separarse explotase bajo la ventana, justo donde la acababa de lanzar.
Oyó de nuevo los gritos y frunció el ceño, extrañada, se habían detenido justo antes de girar la esquina. Proferían improperios, alaridos, y dejó de oírlos. En su lugar apareció ante ella una joven desgarbada, con una melena que parecía compuesta por espirales de fuego que se desparramaban a su antojo sobre los hombros. Ambas sonrieron. La pelirroja alzó una mano, señalando con la palma abierta por encima del hombro de la harpía, y esta ya sabía que la pared en torno a la ventana ya había desaparecido antes de girarse.
- Corre -le dijo René- Vuela con la niña tan aprisa y lejos de aquí como puedas. Ocultaos en el Bosque de Nadie hasta que podamos reunirnos de nuevo en unos días.
Desla no se molestó más que en asentir mientras la plumas terminaban de cubrirla por completo de cintura para abajo y algunas sueltas por los brazos. Apretó más al bebé contra su pecho desnudo y desplegó sus alas de plumaje pardo. Apenas había asomado la cabeza por el boquete abierto mágicamente cuando un viento la empujó hacia atrás y le arrebató a la niña de los brazos. Alcanzó a ver una especie de remolino de luminiscencias moradas que la engullía. Recuperó velozmente el equilibrio y gritando con toda la furia que surgía de su pecho se dispuso a lanzarse en pos de ella. René apenas le rozó  un hombro y sintió como unas ligaduras invisibles la ataban a la piedra. Gritó con aún más furia, sus ojos parecían oro fundido por las llamas, y se debatió contra su amiga.
 - No -le susurró esta con firmeza- Ya no podemos hacer nada por ella. Ya sabes lo que aquella luz morada significa, la niña puede darse por muerta -su mirada era triste a pesar de la frialdad de sus palabras-. Lo siento, esto para mí también es... -sacudió la cabeza- Las hemos perdido a ambas. Hemos perdido la batalla...
 -Pero no la guerra -terminó la harpía entre dientes. Su voz delataba su sed de venganza. Pagarían caro aquello, o, ya lo creía que sí. Desla se lo demostraría, aquello no era más que el comienzo de un nuevo capítulo en la historia de su guerra...

lunes, 5 de septiembre de 2011

Y correr bajo la lluvia...

Su padre le había prometido 5 euros a cambio de que sacase al perro. Normalmente lo habría sacado él, pero en invierno y lloviendo se ve que prefería recurrir al bolsillo para convencerla a ella...
Pero para qué mentir, a ella no le suponía sacrificio alguno. Lo supo en cuanto puso un pie en la calle.
Era noche cerrada, el aire soplaba fresco, pero no tan frío como acostumbraba en las noches lluviosas. Incluso había osado salir en manga corta... Probablemente le costaría un resfriado, ¿pero qué más le daba?
En la estrecha calle no se veía ni un alma, y optó por desenganchar la correa y dejar que el animal corriese libre. Sabía que, por muy díscolo que fuese, si ella no salía de la calle él tampoco lo haría. 
Observó a su canino amigo correr eufórico de un lado a otro y, extendiendo los brazos, levantó el rostro hacia el cielo sin luna ni estrellas de la ciudad, dejando que agua la empapase.
Jamás habría hecho algo semejante de haberse creído observada, pero a esas horas el lugar estaba tan desierto... que le era imposible resistirse a ella llamada de libertad y caprichosa espontaneidad que las noche despertaba en ella.
Era tan agradable...
De pronto sintió que algo se soltaba en ella, esas ataduras que normalmente se autoimponía, esa norma no escrita que la hacía mostrarse comedida ante los demás... Y, con una sonrisa en los labios, echó a correr junto a su perro calle arriba, calle abajo.
Era un capricho incongruente y sin finalidad alguna, pero se sentía maravillosamente libre, eufórica, corriendo bajo la lluvia, casi olvidando el frío, con el perro a su lado.
No podía menos que fascinarse ante la influencia que la noche ejercía sobre ella... Normalmente no era amiga de las carreras, si bien adoraba andar, echar a correr sin más no era lo suyo...
Pero en aquel momento se sintió capaz de cualquier cosa, mucho más feliz de lo que había estado en días. 
Y deseó que aquel momento no terminase jamás... Pocos momentos le habían resultado tan deliciosos como aquel.